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-Por Silvia de Muñoz-
Se necesita un corazón rendido a Dios, para poder disfrutar las bendiciones que Dios tiene preparadas para ti y tu hogar. Muchas de las veces culpamos al esposo, haciéndolo sentir mal por causa de su borrachera, adulterio, drogadicción, o cualquier otro tipo de pecado. Una de las acusaciones contra mi esposo y que muchas veces nos llevó a tener discusiones acaloradas, era señalarle que él había sido más pecador que yo. En una ocasión él me respondió diciéndome: yo reconozco que soy pecador, pero recuerda que tú también eres pecadora. Cuando él me decía esto, sentía que me echaban agua caliente. Entonces yo gritaba más y luego él me decía: eso también se llama pecado, al igual que lo mío. Eso sucedía una y otra vez, mi hogar estaba en peligro de dividirse, pues en realidad me estaba rebelando contra Dios, pues yo no quería aceptar mis propios pecados.Yo pensaba que la borrachera, el adulterio y otros pecados más, eran más grandes que los míos: gritar, discutir, y decir mentiras. Todo esto ocasionó que tuviéramos una cadena de problemas. Él tuvo problemas en su trabajo, yo tuve que ser operada de emergencia, mi esposo sufrió una severa deshidratación, nuestra casa fue embargada, nuestros carros los perdimos. Sumado a todo esto, nuestro hogar seguía a la deriva sin capitán, que es Cristo. Nos echábamos la culpa uno a otro y por poco y nuestro hogar queda dividido. Por la Gracia de Dios en esos días fuimos salvos.
Más tarde Dios nos quebrantó con mi hija Aglaeé, en menos de doce horas se enfermó gravemente, al grado que sentíamos que se iba a morir. Cada uno de nosotros rogamos a Dios por su salud.¿Sabes? Dios nos quebranta con lo que más nos duele, nuestros hijos, porque son carne de nuestra carne y hueso de nuestros hueso. Por su pura misericordia Dios nos hizo sentir su presencia y fue cuando cada uno de nosotros hizo decisiones. Dios me hizo entender que mis pecados eran exactamente iguales a los de cualquier persona, pues no hay pecados más grandes, ni más pequeños. Además tome la decisión de someterme a mi esposo. Esto cambió por completo nuestro hogar. Al recordar que estuvimos a punto de divorciarnos mi esposo y yo, y mis hijos separados de su papá o de mí, me llevó a pensar en aquellas dos mujeres de 1 Reyes 3:16-28.
En
los versículos 22 al 27 dice: Entonces la otra mujer dijo:
No; mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto. Y la otra volvió
a decir: No; tu hijo es el muerto, y mi hijo es el que vive. Así
hablaban delante del rey. El rey entonces dijo: Esta dice: Mi hijo
es el que vive, y tu hijo es el muerto; y la otra dice: No, mas el
tuyo es el muerto, y mi hijo es el que vive. Y dijo el rey: Traedme
una espada. Y trajeron al rey una espada. En seguida el rey dijo:
Partid por medio al niño vivo, y dad la mitad a la una, y la
otra mitad a la otra. Entonces la mujer de quien era el hijo vivo,
habló al rey señor mío! dad a ésta el
niño vivo, y no lo matéis. Mas la otra dijo: Ni a mí
ni a ti; partidlo. Entonces el rey respondió y dijo: Dad a
aquélla el hijo vivo, y no lo matéis; ella es su madre.
Cuántos hijos partidos por la mitad hay hoy día, por no pedir sabiduría a Dios. Cuando un hogar se divide, tú misma vienes a ser el verdugo que parte a tus hijos por la mitad. La mujer necia no tenía entrañas, no le importaba como quedaría ese niño. Nos espantamos al leer esa historia en la Biblia. Decimos: -¡Ah que espanto, yo no haría esto!- Pero luego dices: -Prefiero divorciarme o separarme de mi esposo y no piensas en tus hijos. Si estás tramitando tu divorcio o estás a punto de dejar a tu esposo, en realidad estás exactamente como la mujer necia, egoista y sin entrañas partiendo a tus hijos por la mitad. Es por causa de tu pecado. Reconoce que hay orgullo y soberbia en tu corazón. Quizá tu digas: -Es mi vida y ¿qué?- Así piensan las mujeres que no tienen a Cristo. Pero si tienes a Cristo, actúa como una mujer sabia. Tienes que venir a Cristo para suplicar su ayuda en tus problemas y además debes estar dispuesta a pagar el precio. Quizás digas ¿cuál precio? Recuerda que la mujer sabia dijo: Dáselo a ella y sus entrañas se le conmovieron. Ella quería que su hijo viviera. Estaba mostrando su amor y su compasión pidiendo por su vida, por su salvación.
Cuantas veces vemos hogares divididos, por padres tomando malas decisiones. Diciendo: -Sí partamos a nuestros hijos.- Cuando nuestros hijos Arturo y Aglaeé, veían nuestros pleitos, antes de ser salvos, ellos se ponían en medio y nos gritaban: -¡Ya, por favor, ya no se peleen!- Sus gritos eran desesperados. Como si nos estuvieran diciendo: ¡No me partan por favor, no me mates en vida. No te toca a tí destruirme! ¿Estás en una situación inaguantable? ¿Por qué no piensas un poquito en tus hijos? Los míos, por la Gracia de Dios, ahora le sirven de tiempo completo a Él. Vale la pena. Aguanta. Recuerda que el amor no nació por los hijos, los hijos nacieron por el amor. ¡Tu puedes ser una mujer virtuosa!
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